Facatativá, la estación donde la historia se quedó a esperar el tren.
Por: Wilson Rivera
Fotógrafo Profesional de Facatativá
Columnista Invitado.
A veces pienso que la historia de Colombia no se escribió en los salones dorados de las capitales, ni en las actas de los congresos, ni en las encopetadas salas de los palacios de los sabios republicanos. Pienso, más bien, que la verdadera historia se nos fue quedando atrapada en los pueblos donde aún huele a leña y a agua panela, en los andenes donde la lluvia no cae: se queda a conversar. Uno de esos lugares es Facatativá, un pueblo que parece un suspiro detenido entre la sabana y las montañas.
Cuentan los viejos, esos que aún se sientan en las esquinas a mirar cómo pasa el viento, que aquí pasó el país entero sin que nadie lo notara. Dicen que el general José María Melo bajó de su caballo una mañana de 1854, cuando la bruma era tan espesa que se podía cortar con cuchillo, y habló con los artesanos de la sabana sobre una república distinta, con menos coroneles y más pan. Dicen también que su voz se quedó resonando en las casas enormes del centro, donde decidió instalar su sede de gobierno. Y aunque su intento de insurrección fue barrido por las bayonetas de siempre, Facatativá le abrió sus caminos y su silencio rotundo, como si presintiera que algún día alguien escribiría sobre él sin miedo ni adorno.
Muchos años después, estalló la Guerra de los Mil Días, y la patria se hizo trizas entre telegramas y cañones. Facatativá volvió a ser tránsito de hombres con hambre y rifles, paso de trenes con destino incierto. En su estación retumbaban los pasos de soldados que partían a pelear sin saber por qué, y que, a veces, regresaban sin alma pero con los ojos más abiertos.
En el hospital militar del valle de Corito las tropas liberales curaron a sus heridos, en las casas grandes se escondieron manifiestos bajo los tapetes de las abuelas, y se rezaron oraciones que mezclaban santos y comandantes, vírgenes y consignas. Muchos hoy desconocen que en el alto de La Tribuna se libró una de las ultimas batallas de la guerra y como recuerdo, un arco decoró por años el centro de Bogotá.
Y luego vino el siglo XX, con su aire de modernidad, pero sin limpiar del todo el barro de las botas. El tren, que había traído noticias y café, también trajo a los hombres grises que hablaban de progreso como quien habla de un milagro que no llega. Pero Facatativá, testaruda como siempre, siguió floreciendo entre la ruina.
Las escuelas crecieron. Las mujeres empezaron a contar la historia desde sus ventanas. Los campesinos, que antes solo bajaban para el mercado en el parque principal, comenzaron a hablar de educación y derechos. Y aunque el país seguía girando como un trompo, este pueblo conservó su alma como se conserva una carta de amor: doblada, escondida e intacta.
Porque si algo tiene Facatativá es memoria. No la memoria polvorienta de los archivos, sino la viva, la que se cuenta en las tertulias de los cafés, la que se canta en las guabinas y los bambucos que nos enseñó a disfrutar Luis Eduardo Rozo León, las que cuenta la sala museal que Jairo Armando Becerra y yo ideamos un día y la que se guarda en las piedras como como un secreto antiguo del paso de los primeros habitantes.
Hoy, cuando Colombia parece olvidar cada día lo que fue ayer, Facatativá sigue siendo ese sitio donde la historia no se va, sino que se queda esperando el próximo tren. Y uno siente, al caminar por sus calles, que aquí todavía se puede vivir feliz.
Porque este no es un pueblo que vive de la historia. Es un pueblo que la respira.